martes, 30 de mayo de 2006

Mario, ¡que el Mundial sea una fiesta!

Reflexiones

Hna. Amelia Peirone
Fundación Mario Hiriart

por un juego ganador y noble
por un arbitraje justo para todos
y por una fiesta de paz en los estadios

Al chileno Mario Hiriart, candidato a los altares, le encomiendan un fútbol noble para el Mundial. Muchos están seguros que será el próximo santo chileno. Ya es Siervo de Dios.

Mario, el ingeniero de la sonrisa franca, murió a los 33 años, y está enterrado junto al santuario de la Santísima Virgen, en Bellavista de La Florida. Fue premio al mejor ingeniero de su promoción y tuvo importantes cargos en la Corfo de su época. Pero, sobre todo, fue un apóstol de los jóvenes. Por ellos, dejó trabajos muy bien pagados para ser profesor universitario.

Era un ferviente “hincha” de fútbol desde niño:
“Madrecita, para mí el fútbol no es sólo un entusiasmo, ha llegado a ser una pasión", le confiesa a la Virgen en su Diario de vida.

Tenía mala salud. Ya de niño sufrió operaciones, y no podía jugar al fútbol, su deporte favorito. Entonces, sus compañeros de colegio lo elegían siempre como el insobornable y justo árbitro en la pichanga y en los campeonatos del colegio. Como era líder y planificador se transformó en el organizador de los campeonatos de fútbol en la Acción Católica. Era una persona sin malicia. No tenía enemigos ni rivales. Era un hombre justo por excelencia. Gozaba de una inmensa autoridad moral entre sus compañeros. En el arbitraje tenía muy buena vista y era indiscutible en sus fallos por lo limpio y porque jamás ofendía a nadie.

Sabiéndolo tan entusiasta hincha y buen aliado, no dejemos de confiarle:

- un fútbol ganador. Mario, lo que hacía, lo hacía bien; se entregaba por entero, por eso fue reconocido como mejor ingeniero de su promoción;
- juego noble y limpio. Mario respetaba a cada persona porque reconocía en cada uno el rostro de Cristo. Así fue siempre con sus compañeros y con sus alumnos;
- arbitraje justo para todos. La pasión de Mario por el fútbol la vació en su desempeño como organizador y árbitro juvenil, cuya justicia llegó a ser proverbial;
- un clima de fiesta y paz en los estadios. Mario sabía gozar profundamente como espectador, se apasionaba por el juego, pero respetando a cada uno de los rivales y reconociéndole debidamente sus méritos.

Los santos saben maravillosamente bien las cosas del cielo, pero antes se jugaron a fondo por las cosas de la tierra y lo siguen haciendo como los mejores compañeros de equipo. Es un regalo que corramos con ellos en este campo de juego que es la vida de todos los días.

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